Santander: las estadísticas del abuso
La violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes en Santander presenta una aparente disminución en los casos registrados, con 366 hasta Septiembre del presente año, frente a los 608 reportados a lo largo del 2024. El panorama esperanzador que plantea Medicina Legal se matiza al observar que este patrón se repite a lo largo del territorio nacional.
Definido como todo acto o comportamiento de tipo sexual ejercido sobre un niño, niña o adolescente, utilizando la fuerza o cualquier forma de coerción física, psicológica o emocional, aprovechando las condiciones de indefensión, de desigualdad y las relaciones de poder existentes entre víctima y agresor, la violencia sexual es un tipo de agresión cuya detección se ve limitada por el sentimiento de impotencia para revelar el abuso que existe en la víctima.
Determinar la incidencia real del problema se ve dificultado porque este tipo de abuso ocurre mayoritariamente dentro del hogar, donde familiares o conocidos perpetúan dinámicas de poder y autoridad asimétricas, representando el 75 % de los casos en Santander.
El Instituto Nacional de Medicina Legal delimita una combinación de variables personales, familiares y sociales que facilitan la vulnerabilidad de las víctimas y la posibilidad de que el abuso ocurra o se mantenga en el tiempo. Entre ellos se destacan la falta de supervisión parental, la disfunción familiar caracterizada por violencia intrafamiliar, consumo de sustancias
psico-activas o negligencia, así como el aislamiento social, la dependencia emocional o económica y la carencia de redes de apoyo. A nivel comunitario, la pobreza, la desigualdad, la escasa educación sexual y la cultura del silencio contribuyen a perpetuar la impunidad y la revictimización.
Patrones socioculturales de desigualdad, relaciones de poder patriarcales históricamente construidas y la influencia de estereotipos de género adjudican al sexo como un factor de riesgo asociado al abuso sexual infantil con mayor incidencia del fenómeno en niñas; sin embargo, los niños también pueden ser víctimas, aunque los casos suelen permanecer ocultos por miedo al estigma social. Asimismo, las discapacidades físicas, cognitivas o psico-sociales aumentan la vulnerabilidad frente al abuso, especialmente cuando los menores dependen del cuidado de terceros o se encuentran en entornos institucionalizados con limitada supervisión, lo que facilita el control y la manipulación por parte del agresor. En este sentido, tanto el sexo como la discapacidad no constituyen causas directas del abuso, pero sí condiciones que, mediadas por estructuras sociales desiguales, incrementan la probabilidad de que los niños, niñas y adolescentes sean víctimas de violencia sexual.
Algunas de las entidades también encargadas de recopilar y divulgar la información evidencian, con cifras diversas, una disminución en estos casos. Esto podría reflejar un avance en la detección y prevención de los delitos; sin embargo, la falta de uniformidad entre las instituciones dificulta establecer con precisión la magnitud real del problema, que continúa afectando de manera preocupante a la niñez y la adolescencia del departamento.
Únicamente Medicina legal sostiene una reducción en la violencia sexual dentro de los diferentes grupos etarios (incluyendo NNA), tendencia que refleja en Santander. Sin embargo, la planeación de políticas públicas y la efectividad de estrategias de prevención y atención a las víctimas requiere de una definición precisa del panorama.
Existe una falta de articulación entre los sistemas de información institucionales; cada entidad aplica sus propios métodos de registro, clasificación y análisis. Consolidar un panorama claro sobre la situación real del departamento es impedida por la falta de comunicación interdisciplinaria, aunque algunas instituciones reconozcan una disminución de los casos, la ausencia de un criterio común impide precisar la magnitud, comportamiento e inclusive la existencia del mismo.
La disparidad en los reportes demuestra la necesidad de unificar los mecanismos de registro entre Medicina Legal, el sistema de vigilancia en salud pública y las entidades territoriales. Un sistema de información integrado permitiría fortalecer el seguimiento de los casos, garantizar la transparencia de los datos y orientar de manera más precisa las acciones institucionales frente a la violencia sexual en el departamento.
Ilustración: Valery Kristina Pasachoa Franco
Ilustración: Valery Kristina Pasachoa Franco
Atención médica primaria
Cuando una víctima de abuso sexual llega a un hospital, lo que debería ser un espacio de protección muchas veces se convierte en un lugar de miedo y confusión. En medio del dolor físico y emocional, la atención médica se vuelve el primer paso de un proceso largo, lleno de trámites, exámenes y declaraciones que, aunque buscan justicia, pueden reabrir heridas que apenas empiezan a cicatrizar.
El protocolo médico comienza con la valoración de urgencias. Allí, el personal de salud debe garantizar la atención prioritaria, sin juicios ni preguntas innecesarias. Se realiza una revisión completa para identificar lesiones visibles y proteger la integridad física. Sin embargo, más allá de los exámenes, lo que muchas veces falta es sensibilidad. “A veces la víctima llega temblando, sin saber si hizo bien en hablar, y se encuentra con miradas de desconfianza o con silencio”, se explicó durante la entrevista.
Luego viene uno de los momentos más difíciles: la toma de muestras forenses. Se deben recoger fluidos, cabellos, fragmentos de ropa o rastros biológicos que puedan servir como evidencia judicial. El cuerpo de la víctima se convierte en prueba, y eso tiene un peso inmenso. “Hay quienes sienten que las están revictimizando, que otra vez alguien invade su espacio, pero es un paso necesario para que el delito no quede impune”, explicó el profesional entrevistado.
Edward Espinosa Silva, médico general
Edward Espinosa Silva, médico general
El proceso no termina ahí. Se ofrece atención psicológica inmediata y acompañamiento social, aunque en muchos casos ese apoyo no llega o se diluye con el tiempo. Algunas instituciones carecen de personal especializado, y otras no siguen los protocolos de confidencialidad. Aun así, hay esfuerzos por mejorar. En varios hospitales se han implementado rutas integrales donde médicos, psicólogos y trabajadores sociales actúan de manera coordinada para que la víctima no tenga que repetir una y otra vez lo sucedido.
El profesional entrevistado también mencionó la importancia de la empatía y la capacitación del personal. “Una palabra mal dicha puede hacer más daño que la misma agresión física. La víctima necesita contención, no sospecha”, señaló. Además, insistió en que cada examen, cada firma y cada pregunta deben realizarse con consentimiento informado, recordándole a la persona que ella tiene control sobre su cuerpo y su historia.
En muchos casos, el hospital se convierte en el punto de partida para una denuncia formal. Allí se activan las rutas legales que conectan a la víctima con la fiscalía y los servicios de protección. Sin embargo, no siempre ocurre de forma ágil. Las demoras, la falta de información y el miedo a las represalias hacen que muchas personas abandonen el proceso antes de llegar a los tribunales.
Aun con todas las falencias, los hospitales siguen siendo el posible refugio. En ellos, una atención respetuosa puede significar la diferencia entre el silencio y la posibilidad de empezar a sanar. “Cada mujer, cada niño, cada persona que llega a urgencias después de un abuso necesita que alguien le crea —dijo el entrevistado—. A veces, eso es lo único que la mantiene en pie”.
La falencia institucional: una crítica de Olga Materón, lideresa social
Lideresa social y defensora de derechos humanos de Bucaramanga denunció las graves falencias institucionales en la atención a víctimas de abuso sexual infantil y adolescente. Explicó que el proceso de denuncia debería comenzar con la atención médica en una clínica u hospital, donde se garantice la integridad física y emocional del menor. Sin embargo, muchas familias no llegan a este punto por miedo, desconocimiento o desconfianza en las autoridades.
Olga Materón, lideresa social
Olga Materón, lideresa social
La lideresa señala que, ante esta situación, las organizaciones sociales cumplen un papel clave al brindar orientación y acompañamiento inicial a los casos de abuso sexual. Estas organizaciones, aunque carecen de recursos, infraestructura y personal especializado, intentan guiar a las víctimas y sus familias y canalizar los casos hacia entidades como la Fiscalía, la Defensoría del Pueblo o la Secretaría de Desarrollo Social.
No obstante, advierte que la falta de sensibilidad y empatía institucional sigue siendo una de las mayores dificultades. “La atención depende más de la persona que recibe el caso que del sistema”, afirmó, al referirse a la indiferencia de algunos funcionarios, lo que provoca que muchos procesos se estanquen o se abandonen. En el caso de los menores, esta negligencia agrava el daño psicológico y aumenta el riesgo de revictimización.
La lideresa asegura que la violencia sexual no distingue clase social ni condición económica, y que sus raíces están en un sistema patriarcal y machista que normaliza el abuso y el silencio. Considera que el cambio profundo debe comenzar desde la educación y la familia, fortaleciendo el diálogo, la empatía y la protección de la infancia.
Las organizaciones sociales, aunque son el primer punto de apoyo, suelen remitir los casos a fundaciones especializadas que cuentan con equipos interdisciplinarios —psicólogas, abogadas y trabajadoras sociales—. Sin embargo, estas fundaciones también enfrentan limitaciones económicas, y cuando no pueden atender, los casos terminan siendo trasladados al nivel de la institucionalidad estatal, representado por alcaldías, gobernaciones y secretarías de desarrollo social o económico.
La lideresa subraya que el acompañamiento psicológico y emocional es esencial para los niños, niñas y adolescentes víctimas de abuso, ya que el impacto mental es profundo y duradero. Sin embargo, muchas familias no pueden costear tratamientos privados, por lo que solicita que el Estado garantice atención gratuita y continua.
Finalmente, destaca que algunas de las redes locales buscan apoyo en la cooperación internacional, que ofrece recursos y programas para fortalecer la atención a víctimas. Aun así, advierte que el sistema actual se sostiene gracias al esfuerzo conjunto de organizaciones, fundaciones e instituciones, pero que todavía existen vacíos graves que dejan desprotegida a la niñez víctima de violencia sexual en Colombia.
"A veces siento que estoy pagando cosas que no hice"
Su infancia transcurrió entre la calle y el miedo. No conoció el juego, ni la escuela, ni la calma. Su padre los levantaba a las cuatro y media de la mañana, les daba un café con un trozo de pan y los enviaba a pedir dinero. “Nos tocaba pedir, porque a quién le iba a dar trabajo a una niña de doce [a una de quince, a dos de once y una de nueve años]”, recuerda. Con lo poco que conseguía regresaba a casa, y el dinero iba directo a las manos de su padre, quien lo gastaba en alcohol.
En ese hogar nunca conoció el amor. La violencia era una presencia constante: los gritos, los golpes, las exigencias imposibles. “Si llevaba quinientos pesos, me decía que era muy poco, que por qué tan poquito. Siempre quería más.” El miedo se volvió rutina, una sombra que la acompañaba desde la niñez.
Cuando la policía los sorprendió pidiendo limosna, los amenazó con detenerlos si volvían a hacerlo. Entonces ella y sus hermanos comenzaron a buscar trabajo en la plaza de mercado. “Nos daban una bolsita de papas o de tomates para vender. Por cada mil pesos, nos daban el veinte por ciento [lo que sea que eso signifique].” Así aprendió a sobrevivir.
Pero en casa la realidad era otra. Las peleas entre sus padres eran constantes. Su madre soportaba los golpes, los insultos, el miedo. Una noche, la violencia alcanzó su punto más cruel. “Mi papá prendió fuego al baño mientras mi mamá estaba adentro”, recuerda con la voz quebrada. Ella logró salir viva, empapada y temblando, mientras los hijos gritaban desesperados. Aquella imagen quedó grabada en su memoria como una marca imposible de borrar.
Cuando tenía catorce años, la situación en el hogar se volvió insoportable. Su madre, agotada y enferma, ya no podía protegerlos como antes. La violencia no empezó con su muerte; venía desde mucho antes, creciendo como una sombra. Pero cuando ella murió. esa sombra se hizo más densa. El padre, que antes descargaba su furia contra la madre, la dirigió por completo hacia las hijas. "Nos manoseaba, nos mostraba sus partes íntimas y abusaba", contó con voz quebrada. Su madre había intentado denunciarlo tiempo atrás, pero fue la hija quien la convenció de no hacerlo, temiendo que el castigo fuera peor si él regresaba. El miedo, una vez más. fue más fuerte que la justicia.
Tras la muerte de la madre, el padre quiso ir más lejos. “Me dijo que yo debía ser la mujer de él. Yo le dije que no podía, que él era mi papá.” Esa noche decidió escapar con sus hermanos. Rompieron una ventana y corrieron. La policía las detuvo. Contaron lo sucedido, pero nadie las escuchó. “Nos miraban como si no creyeran. Si hubieran querido, nos habrían hecho exámenes para saber si nos había violado, pero no hicieron nada.”
Las separaron. Ella fue llevada a un internado, luego a la casa de unos familiares del padre. Allí tampoco encontró refugio. “Me amarraron y abusaron de mí”, relató sin poder sostener la mirada. Era otra forma de encierro, otro castigo sin causa. El dolor se repetía en cada lugar donde buscaba amparo.
Aun así, hubo un día distinto. Un día en que por un instante se sintió hermosa. Se había cortado el cabello, y una persona transgénero la llamó para decirle que podía venderlo, que le pagarían bien por él. “Cuando me lo corté, me sentí bonita por primera vez. Olvidé toda la violencia, todo el maltrato. Fue un momento fuera de todo eso.” Pero la ilusión duró poco. Cuando volvió a casa, su padre la golpeó brutalmente. “Me levantó a muenda, después me ahorcó y me puso una pala de doce en el cuello”, dijo con la voz baja, como si todavía sintiera el frío del metal.
El tiempo pasó, pero las heridas no. En los internados, y luego con las tías que la recibieron, las noches se llenaron de gritos y sobresaltos. “Me levantaba gritando. Mis tías decían que parecía una loca. Yo no me acordaba de nada.” Los años no borraron el miedo; solo aprendió a vivir con él.
Nunca recibió terapia. Nunca hubo justicia. “La justicia nunca hizo nada. Mi papá le daba machetazos a mi mamá en algunas ocasiones, y aun así lo soltaban.” La mujer cuenta que su madre, enferma por tanto maltrato, no fue capaz de dejarlo. “Yo creo que ya no se sentía capacitada para vivir sin él. Le tenía demasiado miedo.”
Hoy, con el paso de los años, esa mujer sigue recordando lo que no tuvo. Habla con serenidad, pero cada palabra pesa. “Yo nunca conocí el amor de mis padres. Mi mamá estaba enferma, y mi papá no supo amarnos. Nunca nos dijo que nos quería.”
Durante su vida adulta intentó formar una familia. “Gracias a Dios, mi esposo nunca me ha maltratado. Pero no es cariñoso, y eso me hace falta.” Lo dice sin resentimiento, solo con una tristeza suave, la misma que la acompañó desde niña. “Tengo cincuenta años y todavía me hace falta que alguien me diga que me ama.”
Recuerda que cuando trabajó en un colegio, veía a los padres recoger a sus hijos. “Yo barría y los veía abrazarse, reírse. Y lloraba. Decía: ¿por qué yo no tuve un papá así?”
Creció así, entre golpes, silencios y cicatrices que no se ven. A veces pensaba que todo lo que vivía era un castigo de otra vida. "A veces siento que estoy pagando cosas que no hice", llegó a confesar. Sin embargo, también aprendió a resistir. Con los años convirtió el miedo en impulso. Decidió hablar, contar su historia, aunque doliera. Porque entendió que callar es dejar que todo siga igual, y que su voz, aunque temblorosa, podía romper un ciclo que había durado demasiado.
Su historia no es solo una historia de dolor. sino de supervivencia. De una niña que conoció el infierno y, aun así, decidió seguir caminando. Que entendió que el silencio protege por un tiempo, pero que hablar puede salvar a otros.
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Realización y montaje Arantza Mendoza Hernández Esteban Gómez Espinosa Edición Andrés Felipe Velásquez Ibarra Fotos Esteban Gómez Espinosa Ilustración Valery Kristina Pasachoa Franco Todos los derechos reservados Universidad Pontificia Bolivariana 2023 |
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