1960, en El Pedrero, la orden era evacuar. Grupos de policías y bomberos desbarataban puestos y convertían en cenizas las mercancías. Tres incendios fueron provocados. En 1968, la plaza quedó destruida.
La Plaza Minorista José María Villa se construye sobre una historia de resistencia. Antes de convertirse en el mercado que hoy abastece a gran parte de la ciudad, este lugar era conocido como El Pedrero, un espacio donde los venteros informales improvisaban sus quioscos y donde el comercio de Medellín se abría paso entre el bullicio y los campesinos.
Con el afán de mitigar el desorden, la Alcaldía intentó estigmatizar el lugar y comenzaron los ataques para desmontarlo. Todo esto mientras avanzaba la construcción de la Central Mayorista y de las plazas satélite en los barrios La América, Belén, Castilla, Campo Valdés y Guayabal, con la intención de trasladar allí a los comerciantes de El Pedrero. Muchos de ellos se resistieron a abandonar la plaza, incluso cuando quedaron excluidos de servicios básicos de la ciudad como la seguridad, las rutas de buses y el aseo.
A pesar del estigma, los comerciantes lograron hacerse visibles, negociar y transformar el espacio hasta convertirlo en la Plaza Minorista. Hoy, entre pasillos llenos de color, se escuchan pregones que dan vida al mercado: “Bien pueda, qué necesita?” y “¿En qué le colaboro?”. Este reportaje gráfico retrata ese universo cotidiano hecho de madrugadas largas, manos trabajadoras y saberes populares que convergen en un mismo lugar.
La Plaza Minorista José María Villa, en Medellín, fue inaugurada en 1984 para reorganizar el comercio de alimentos que antes se concentraba en el centro de la ciudad. Con el paso del tiempo, sus espacios fueron ocupados por locales de todo tipo: desde el pasillo que alberga el sector de la ropa de segunda, donde el estrén de una muda completa puede costar entre 25.000 y 60.000 pesos colombianos, hasta tiendas naturistas que fusionan el conocimiento ancestral, la fe y la modernidad. Allí conviven los augurios, los remedios caseros, la medicina natural y las creencias espirituales.
Hay puestos de familias que llevan más de 30 años siendo parte de La Minorista. Años en los cuales los días comienzan a las tres de la madrugada, en medio del frío y el silencio de una ciudad que aún duerme. A esa hora la plaza despierta con la llegada de camiones cargados de mercancía para los locales. Y, a pesar del cansancio propio de la madrugada, el ruido y las conversaciones no tardan en aparecer para darle calidez al lugar.
Cada detalle que se encuentra en los interminables pasillos guarda la precisión con la que los vendedores planean sus exhibiciones para captar la atención de los compradores: la simetría de las montañas de frutas, los colores vibrantes que contrastan con la luz tenue y la frescura de los productos que llegan directamente desde sus lugares de origen.
Cada uno de estos elementos refleja la riqueza productiva que respalda el comercio de la plaza. Colombia es uno de los principales productores de papa en América Latina, con una producción anual superior a los 2,5 millones de toneladas y un consumo per cápita cercano a los 57 kilogramos. En La Minorista existen zonas destinadas exclusivamente a la venta de este producto. También destacan especies como el bagre, uno de los pescados más populares del país —tan presente en la cultura popular que su nombre forma parte del parlache— y la tilapia roja, que ocupa buena parte de los congeladores del mercado.
Las carretas que recorren la plaza son otro símbolo del lugar. Además de ser utilizadas por los trabajadores, muchas son alquiladas por vendedores ambulantes que recorren las calles de Medellín. Algunas conservan marcas y mensajes escritos que reflejan la identidad de la plaza y muchos trabajadores reflejan en el uniforme su relación con los clientes teniendo marcado un: “Gracias por confiar en nosotros” o “Los atendemos bien para que regresen”.
Más que comida, La Minorista es un recordatorio de la riqueza de un territorio. Más que un lugar de trabajo es un segundo hogar para quienes personalizan sus puestos y los convierten en reflejos de sus historias e ideales. Es el esfuerzo de quien transporta, la paciencia de quien ofrece y la dedicación de quien regresa cada día a abrir las puertas de su negocio antes del amanecer.
Y al final del recorrido aparecen las zonas de comida, impregnadas por el aroma de los platos típicos. Allí se hace visible el encuentro de múltiples realidades: comerciantes, cargueros, familias, niños, empleados e incluso personas que cierran negocios alrededor de una misma mesa.
Ese es el retrato que deja cada día la Plaza Minorista.
“Esto sigue siendo muy pueblo, la gente es de la ciudad, pero la plaza es muy colorida. Esto es como un pueblo dentro de una ciudad… un pueblo muy paisa”.
- Centro de Medellín Crónica “Plaza Minorista” por Eliana Castro.
